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Liderazgo Cristocéntrico

Del diploma al doctorado: dejando atrás la escuela secundaria

Eduardo Mendes · 2024–2025 · Lectura de 2 min

Del diploma al doctorado: dejando atrás la escuela secundaria

Cuando se trata de nuestras vidas, con frecuencia somos doctorandos en lamento y apenas estudiantes de secundaria en alabanza. En tiempos de dolor, nuestras oraciones son increíblemente específicas, detalladas y profundamente enfocadas, y se prolongan por mucho tiempo. Exponemos con meticulosidad cada herida y cada miedo, como si estuviéramos construyendo una teología basada en nuestro propio sufrimiento. Nos convertimos en expertos en ahogarnos en el charco del diablo, definiendo las bendiciones solo por la ausencia de dolor, y nuestro mundo queda limitado al pequeño y estancado charco de nuestros problemas. Esto revela una creencia peligrosa: que el mundo gira en torno a nosotros y a nuestra felicidad egoísta, poniéndonos a nosotros en el control, y que la bondad de Dios se limita a lo que podemos ver desde nuestra visión limitada, a nivel de calle.

En contraste, nuestra alabanza con frecuencia es genérica y carece de profundidad y de enfoque sostenido. Damos gracias de manera amplia por "todo lo que Tú haces", pero rara vez conectamos nuestra gratitud con las maneras específicas y minuciosas en que Dios está obrando. Este es el corazón de la batalla de nuestra alma.

¿Eres un alma de necesidad, que articula con pericia sus problemas y exige soluciones específicas, o eres un alma de alabanza, capaz de reconocer la obra de Dios tanto en lo bueno como en lo malo?

Ese cambio hacia un doctorado en alabanza exige que lo alabemos tanto por el consuelo como por el desafío, con la misma intensidad, tiempo y profundidad. Es aquí donde dejamos de caminar por la calle, viendo solo lo que está justo frente a nosotros, y comenzamos a ver la vida desde una perspectiva de helicóptero, viendo MÁS ALLÁ de la vista.

No siempre podemos entender el "por qué" de nuestras circunstancias, pero sí podemos confiar en el "quién".

Cuando alabamos a Dios en la lucha, estamos diciendo: "Puede que no entienda el panorama completo, pero confío en Aquel que sí lo entiende". Esto no es un grito de autoconfianza, sino un clamor de dependencia absoluta. Es el reconocimiento de que nuestra comprensión es limitada y de que nuestra esperanza no está en nuestras circunstancias, sino en un Dios que está en control de todo.

Es el paso de ahogarnos en el charco del diablo a nadar en el océano de bendiciones, una vida vivida no por lo que vemos o sentimos, sino por Aquel en quien confiamos.