Misterio de lo Invisible, el Carácter que Sostiene el Salto
El Misterio de lo Invisible: el Carácter que Sostiene el Salto
En la cima de un pequeño muro de piedra, la figura pequeña duda por apenas un segundo. Para sus ojos infantiles, la distancia hasta el suelo parece un abismo insuperable, una altura que desafía su valentía y supera cualquier control que pudieran tener sus manos pequeñas. El viento sopla, el frío de la incertidumbre aprieta, pero allá abajo, unos brazos robustos se abren con una naturalidad desconcertante. No hay garantías lógicas, ni redes de protección ni cálculos de impacto; existe solo un rostro conocido que sonríe y una voz que dice: "Puedes venir". Sin mirar sus pies ni el vacío, la niña se lanza. No es un movimiento de desesperación, sino de abandono. En el instante en que el pecho encuentra el hombro del padre y el impacto es absorbido por la fuerza de un abrazo, el miedo se disuelve en una risa de triunfo. Allí, suspendido en el aire, el hijo ya no ve el peligro de la caída, sino la gloria de quien lo sostiene. Ese salto es la imagen viva de la fe que el Salmo 119 describe: un movimiento que nace en el Carácter de quien espera, pasa por el Cumplimiento de un llamado y culmina en la Contemplación de un amor que es, al mismo tiempo, refugio seguro y descanso. El viaje de la fe no es una caminata por terrenos planos y predecibles, sino una sucesión de saltos hacia lo invisible.
En el cierre del Salmo 119 (versículos 137 a 176), el salmista dibuja la anatomía de esa relación con Dios, revelando que nuestra capacidad de lanzarnos depende por completo de quién es Dios. Este es el fundamento del carácter: la convicción de que el brazo que nos espera es lo suficientemente fuerte para el impacto y lo suficientemente amoroso para el descanso.
El Fundamento: Justo y Fiel (Salmos 119:137-144)
Todo comienza en la naturaleza del Padre. "Justo eres tú, Señor, y rectos son tus juicios" (v. 137). Antes de que el hijo salte, mira el rostro del Padre. La confianza no nace de la nada; es fruto de un carácter observado y comprobado. Cuando el salmista afirma que la fidelidad de Dios es "muy alta" (v. 138), establece el refugio seguro. La niña en el pretil no salta porque sea valiente, sino porque conoce la pericia de quien está abajo. El carácter de Dios es nuestra única garantía de que el riesgo no es peligro, sino entrega.
La Dirección: La Lámpara en la Oscuridad (Salmos 119:145-160)
El carácter del Padre se revela en Sus instrucciones. "La suma de tu palabra es verdad" (v. 160). Para el hijo, cumplir los mandamientos no es una imposición coercitiva, sino un sendero de protección. En el salto de la vida, las instrucciones del Padre son como el grito de "¡puedes venir!" que orienta el momento exacto del movimiento. Cumplir la voluntad divina es la respuesta práctica de quien entendió que los caminos del Padre son el único lugar donde la vida florece. Es una sumisión amorosa, donde obedecer es sinónimo de estar seguro.
La Expresión: El Descanso de la Contemplación (Salmos 119:161-176)
El clímax de esta relación es la contemplación. "Mucha paz tienen los que aman tu ley" (v. 165). Después del salto y del suave impacto en el regazo del Padre, queda la mirada. Es el fruto de una relación que no depende de las circunstancias, sino de la presencia. El rostro de la niña, después de ser recogida por el Padre, refleja una adoración constante. No adora porque todo vaya bien, sino porque "este es mi Padre". Incluso cuando el salmista confiesa haber andado errante como oveja perdida (v. 176), clama para que el Padre lo busque, porque el anhelo de su alma sigue siendo el regazo.
Este ciclo de Confiar, Cumplir y Contemplar transforma el temor en reverencia y el deber en deleite. Cuando comprendemos que la rectitud de Dios (v. 144) es eterna, nuestro corazón finalmente encuentra el descanso de quien ya no necesita temer a la altura, pues aprendió a amar el abrazo del Padre.
Eduardo Mendes